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Inmigración

Luisiana realoja a los primeros refugiados climáticos de EE.UU.

«¡No veo la hora de mudarme, espero este día desde hace una eternidad!», dice Joann Bourg frente a su nuevo hogar, a 60 km de la isla del sur de Estados Unidos en que nació, un área que se hunde gradualmente en el Golfo de México.

Bourg está entre la decena de indígenas americanos de la Isle de Jean Charles, en el estado de Luisiana, que a finales de agosto recibieron finalmente las llaves de las casas construidas para ellos en Schriever, en el interior de las tierras cajunes.

Son los primeros beneficiarios de una ayuda federal para el realojamiento de desplazados otorgada a ese estado en 2016. Son, también, los primeros refugiados climáticos de Estados Unidos.

«La casa que teníamos en la isla fue nuestro hogar desde siempre. Mis hermanos y yo crecimos allí, íbamos a la escuela allí», recuerda Joann, cuya residencia familiar quedó completamente destruida.

El lugar del que debieron huir, la Isle de Jean Charles, tiene apenas un kilómetro cuadrado y está poblado por descendientes de varias tribus amerindias que se refugiaron allí para escapar de la persecución estatal en el siglo XIX.

Pero el calentamiento global ha convertido a la isla en un símbolo del mal que devora Luisiana: la erosión.

Este estado, afectado regularmente por devastadores huracanes, ve desde mucho tiempo cómo su línea costera retrocede inexorablemente.

– 90% del territorio sumergido –

En total, se construirán 37 casas nuevas en Schriever para albergar a cien residentes o exresidentes de la Isle de Jean Charles, gracias a los 48 millones de dólares de la ayuda federal.

«Se trata del primer proyecto de este tipo en la historia de nuestro país», dice el gobernador demócrata de Luisiana, John Bel Edwards, quien asistió a la entrega de las propiedades.

«Ya habíamos comprado casas para trasladar a la gente. Pero nunca habíamos trasladado a una comunidad entera debido al cambio climático», apunta.

Desde la década de 1930, la Isle de Jean Charles ha perdido el 90% de su superficie, explica Alex Kolker, profesor asociado del Consorcio Marino de las Universidades de Luisiana.

La isla ya era frágil, y el cambio climático «la ha puesto aún más en peligro», dice: el nivel del mar está subiendo, el suelo se está hundiendo y la erosión es rampante. La frecuencia e intensidad de las tormentas agrava el problema.

Esta zona es «una de las más vulnerables de Luisiana», un estado que figura a su vez entre los más vulnerables de todo Estados Unidos, destaca Kolker.

– Árboles muertos –
A lo largo de la única ruta de la Isle de Jean Charles todavía pueden verse algunas decenas de casas, de las cuales a menudo solo quedan los pilotes.

El pasado verano boreal, el huracán Ida golpeó la isla con mucha fuerza, arrasando parte del techo de Chris Brunet. El hombre colocó un cartel en el exterior de su vivienda: «El cambio climático apesta».

En silla de ruedas desde la adolescencia, Brunet vive actualmente en una caravana, al pie de la casa donde crió a sus sobrinos huérfanos.

Indiferente a los mosquitos del atardecer y hablando a veces en un francés acadiano antiguo, este indígena de 57 años explica que los terroríficos huracanes no son nada comparados con el agua del mar que se come cada vez más el pantano.

«Tantos árboles han muerto por la penetración del agua salada», lamenta.

Sin embargo, Brunet, que sigue arraigado al lugar donde su familia ha vivido desde hace cinco generaciones, rechazó obstinadamente por mucho tiempo la posibilidad de abandonar la isla. «¡Nadie lo quería!», exclama.

Finalmente, unos años atrás acabó aceptando la idea de la mudanza defendida por el jefe de su tribu, los choctaws, convencido de que esa era la única manera de preservar a la población.

Pero aquellos cuya casa sigue en pie no quieren abandonar por completo el lugar.

Bert Naquin, una de las nuevas residentes en Schriever, dice que le gustaría volver a pintar la vivienda de su familia en la isla, donde está pasando sus últimas noches.

A sus 64 años, esta mujer que nunca había sido propietaria única de una casa, descubre con alegría las habitaciones y los baños de su nuevo hogar en Schriever.

La nostalgia, sin embargo, ya se le nota. «La isla será siempre el hogar de mi corazón», dice Naquin.

AFP