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Fábrica de Ucrania pasa de las históricas armaduras a chalecos antibala

Un fabricante ucraniano de viejas armaduras y espadas de metal, apasionado de armas históricas, ha trocado su producción y regresado al mundo moderno y, tras la invasión rusa, confecciona chalecos antibala para el ejército de su país.

En el pequeño y sombrío taller de Zaporiryia, el jefe del lugar, Vadim Mirnichenko, cráneo rapado y voluminosa estampa, es un apasionado de combate medieval. Se trata de una disciplina elevada al rango de deporte en Ucrania, que albergó en mayo de 2019 sus campeonatos del mundo.

Mas de 1.000 participantes, procedentes de  Gran Bretaña, Francia, Alemania o Australia, entre otros,  libraron estas justas, a caballo o pie en tierra, a unos 100 kms de Kiev.

«Es un deporte brutal» afirma Vadim Mirnichenko, de 39 años, que explica haber coleccionado conmociones cerebrales y costillas rotas en 20 años de torneos. Pero «como cada hombre quiere, quiero tener una espada en mi mano y combatir como un caballero».

Esa pasión le ha permitido ganarse la vida. Hasta 16 personas trabajaron en el taller, con ramificaciones internacionales, hasta que la pandemia del covid lo obligó a tener que separarse de una decena de empleados.

 

 – ‘Está vivo’ –

 

Durante la visita de la AFP a su taller el domingo, en el sur de Ucrania, un cartón de protecciones metálicas espera a ser enviado a China.

Pero la prioridad ha cambiado desde que hace más de dos meses Rusia ha invadido su país. Las primeras casas han sido bombardeadas esta semana en Zaporiyia, ubicada a menos de una hora de las primeras líneas del frente.

«Un día, un amigo y yo decidimos probar nuestro trabajo, nuestras espadas  y armaduras. Entonces fuimos a un campo de tiro y nos dimos cuenta que el metal podía parar las municiones» relata el dueño del taller.

Como según él el ejército rehusó que fuera reclutado, «pese a su entrenamiento táctico y sus conocimientos», decidió utilizar sus experiencia en metalurgia para fabricar placas antibalas, fundidas en dos pequeños hornos, y  destinadas a los chalecos de las fuerzas de seguridad ucranianas.

Las doce primeras, financiadas gracias a donaciones de sus clientes extranjeros, fueron entregadas a amigos en el ejército, la policía y la defensa territorial. Una treintena de placas fueron vendidas a 150 dólares cada una (142 euros), es decir su precio de coste.

Un conocido, «que llevaba nuestras placas» se halló bajo fuego ruso pero, gracias a ellas, «está vivo» aunque quizá con una costilla rota, dice  Andriï Paliy, un amigo y obrero de Vadim Mirnichenko.

 

– ‘Muy orgulloso’ –

 

«Estoy muy orgulloso de que hagamos nuestra parte de trabajo para ayudar a nuestro país» dice este hombre, con aspecto de cosaco, largo bigote y una enorme cola de caballo que emerge de lo alto de su cráneo.

La pequeña empresa, que no tiene nombre, podría producir unos 30 chalecos suplementarios, afirma su jefe.

De momento, Vadim Mirnichenko y su empleado desean mejorar la calidad de su producto y hacen pruebas para ello. El domingo, los dos hombres fueron al campo de tiro para probar dos nuevas series de protección, compuestas por tres placas, más finas, en lugar de dos.

Pero entre las numerosas balas que dispararon sobre las placas, algunas traspasaron el blindaje .  «Ahora sabemos que no era una buena idea» constata tranquilamente el propietario, que no parece en absoluto desanimado.

Mientras el ejército ruso parece que incrementa su esfuerzo bélico en el frente sur, y los lejanos bombardeos se pueden escuchar en algunos barrios de Zaporiyia, el dueño del taller dice estar determinado a proteger a su familia, que no ha sido evacuada. «Mi vida no importa», dice.

AFP