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EL PAÍS: La informalidad hace negocio con la muerte en Venezuela

Foto: Federico PARRA / AFP

En el país del salario mínimo más bajo de la región, gestionar la muerte de un pariente puede arruinar a una familia. Pero es el mismo país en el que la informalidad y los negocios fuera de la ley han conquistado la economía, también en las morgues de los hospitales. Los familiares en duelo son abordados por lo que algunos llaman “funerarias de maletín” y, otros, más descriptivos, “zamuros”. La imposibilidad de pagar un servicio funerario básico, que hoy ronda entre los 250 y 400 dólares el más barato —unos 60 meses de ingresos para la mayoría de los pensionados en Venezuela— ha abierto el camino a quienes ofrecen sin licencias y mayores pompas resolver ese complicado trance de despedirse de un familiar y darle la disposición final a un cadáver. Los que están establecidos de forma oficial en el negocio funerario se han visto obligados a apretarse el cinturón en un país cuya economía se redujo a un tercio en menos de una década.

“Los costos se han adaptado a la situación del país, ya no se hacen los mismos protocolos”, dice Luis Mora, dueño de una funeraria en el oeste de Caracas con décadas de servicio. Por protocolos, Mora menciona los carros de acompañamiento para el cortejo, los arreglos florales, la cafetería durante el velatorio y la publicación de obituarios, pues en Venezuela ya ni circulan diarios. Una de las caras más visibles de la informalidad es el uso de vehículos de cualquier tipo para el traslado de cadáveres hasta el crematorio o el cementerio. Una mañana de junio en Petare, un hombre limpiaba una vieja ranchera que adaptó para ofrecer el servicio. También hacen adaptaciones de camionetas pickup para estos fines. El hombre limpiaba el vehículo a unos pasos de una pequeña funeraria establecida que tenía a sus empleados sentados sin hacer nada. Casi un mes sin recibir un difunto.

La muerte podría parecer un negocio sin bajas, pero en el sector señalan que la competencia informal los ha golpeado. La enorme migración de venezolanos los últimos años, que llega a casi 20% de la población y continúa, también ha empequeñecido al país. “No estamos haciendo los servicios, los están haciendo los clandestinos”, denuncia Jorge Villalobos, presidente de la Asociación Profesional de la Industria Funeraria. A los clandestinos los identifica como cualquier vehículo al que se le sacaron los asientos traseros para meter un ataúd y que viaja con un grupo de sillas amarradas al techo para organizar un velorio exprés en el domicilio del difunto. “Esto ha afectado significativamente a todas las empresas funerarias de todo el país con una baja de no menos del 50% de los servicios”. Villalobos señala que quienes se dedican a este negocio deben tener licencias para transportar sustancias químicas y también contratos para la disposición de desechos patológicos, además de tener personal formado en tanatopraxia.

En la práctica, las normas se relajan. Luis Rivas atiende una funeraria en Petare, un inmenso barrio en Caracas, que dispone de una capilla para despedidas u homenajes póstumos. El salón tiene urna de madera al centro y un Cristo crucificado de fondo que, advierte, se puede desatornillar si se trata de un servicio para evangélicos, cada vez más en Venezuela. En su larga carrera en el ramo le ha tocado preparar muertos y asegura que no es un asunto complicado, “más allá de inyectar formol en estómago para proteger los órganos”.

Lo más difícil estos días es conseguirlo, al parecer. La empresa empezó a organizar jornadas sociales en hospitales en las que reparten arepas o insumos médicos a quienes acompañan algún paciente en las precarias salas de emergencia de la ciudad. “No lo hacemos para buscar clientes, pero si captamos alguno, bien. Porque hay gente que no tiene ni para desayunar, cómo va a tener para enterrar a un muerto”.

Con información de El País