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El Salvador: entre el miedo y el hambre por el coronavirus

María es una salvadoreña que fue vendedora informal por cinco años y ahora que trabaja donde siempre quiso siente que la circunda la muerte. Ella es promotora de salud en el país con la tasa de letalidad en médicos más alta en Centroamérica.

Los primeros días de la pandemia vio cómo, poco a poco, su pequeña clínica pública se transformó en una sala de emergencia. Más enfermos llegaban con menos personal de salud.

María entonces dejó su rol de promotora y comenzó a trasladar expedientes de los nuevos pacientes. “Échese un poquito de alcohol gel que fui diagnosticada como positiva”, dijo.

Relata que cuando perdió el gusto y el olfato supo que la posibilidad de haber contraído el virus era alta.

“Cada vez que entraba a la unidad sentía que respiraba el virus. Ese temor no crea que es solo mío. Todo el personal de salud tiene ese miedo de contagiarse y peor, porque no se sabe cómo vivirá la enfermedad o si Dios ya dice hasta aquí llegaste”, dijo María.

Algunas clínicas comunitarias en El Salvador han sido divididas en dos áreas: una para atender Infecciones Respiratorias Agudas (IRAS) y otra para enfermedades comunes.

En la primera reciben a pacientes sospechosos de COVID-19 y en la otra pacientes con enfermedades crónicas que necesitan tratamiento o medicamento. María labora en esta última. Aun así, el virus la alcanzó.

Al menos 25 médicos y 23 enfermeras han muerto a causa del coronavirus en El Salvador. El país tiene una tasa de letalidad en médicos del 7%, frente al 2 % en Costa Rica, 2 % en Guatemala y 1 % en Honduras. La tasa de letalidad se calcula dividiendo el número de médicos fallecidos por COVID-19 entre el total de muertes por el virus.

Al igual que otras clínicas comunitarias que no atienden consultas médicas generales, el Hospital Nacional San Rafael en Santa Tecla tampoco lo hace. Este es uno de los hospitales exclusivos para la atención a pacientes positivos de COVID-19.

El pasado viernes 24 de julio dos personas esperaban en la entrada del área de emergencias del hospital. Una de ellas recién había llevado a un familiar referido por una clínica comunitaria en Ciudad Arce, un municipio a 30 kilómetros de ahí.

Las clínicas comunitarias no tienen la capacidad para atender pacientes graves de COVID-19. Aunque tienen equipo de oxígeno, les falta equipo de ventilación mecánica e intubación. En el área IRAS, en la unidad de salud donde labora María, hay nueve camas. No siempre están ocupadas, pero ella cuenta que más de una persona ha muerto ahí.

María no necesitó una de estas camas. Logró recuperarse en casa, en un callejón en Santa Tecla donde habitan siete familias más, donde se aisló de su familia. Este no ha sido el caso de 400 salvadoreños que hasta el 26 de julio perdieron la vida a causa de la COVID-19, según las cifras oficiales.

Aunque por fuera el Hospital San Rafael luce desolado, su área hospitalaria no da para más. En El Salvador, los hospitales públicos han colapsado. Esto llevó al gobierno a trasladar 50 pacientes al nuevo hospital instalado en el antiguo Centro Internacional de Ferias y Convenciones (CIFCO) el fin de semana.

Son pocos los vendedores que pueden pagar un transporte que los lleve hasta el mercado municipal en Santa Tecla. Luz García cree que eso depende de si la venta fue buena el día anterior. Pero ella, aun así, prefiere pagar lo que le cuesta ese espacio, aunque eso signifique llevar menos de ganancia a su casa.

“La pandemia me ha afectado muchísimo. Pago para que me lleven y me traigan, pues el trabajo lo tenemos aquí, dentro del mercado. (…) Y uno vive a través del cliente. Si el cliente no viene y no invierte tampoco nosotros podemos», explicó.

Luz reside en un poblado cerca del volcán de San Salvador, donde el transporte antes de la pandemia ya era escaso. Desde mayo, el gobierno frenó la circulación del transporte público para evitar más contagios de la COVID-19, que ya suman 14.630 en una población de 7 millones de habitantes.

Afuera del mercado la realidad no es distinta. Quienes vivían de la venta ambulante en el parque cercano, hoy sufren la falta de clientes, pues el lugar que antes estaba lleno de niños jugando y ancianos leyendo el periódico ahora está desolado.La falta de transporte no le impide a Luz continuar con su venta de tortillas en el mercado, pero sí se lo impide a otros que viven en departamentos que están a dos o tres horas del mercado y cuyos puestos ahora están cerrados.

Con información de Voanoticias.com