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Opinión

Antonio Ledezma | Petróleo, sol y viento

Antonio Ledezma
Antonio Ledezma, exalcalde Metropolitano Caracas - AFP

¿Cómo podemos recuperar la biodiversidad?

Una nota reciente de divulgación científica del Gobierno de España (Ministerio de Transición Energética, 2023) señala que: “El cambio climático se considera una de las cinco presiones principales que impulsan la pérdida de la biodiversidad en el mundo, junto con la pérdida de hábitats, la sobreexplotación, la contaminación y las especies exóticas invasoras. Debido al cambio climático, se prevén múltiples efectos sobre la diversidad biológica que agravarán sus problemas de conservación, por lo que las medidas o acciones dirigidas a conservar y usar de modo sostenible la biodiversidad deben tener en cuenta las necesidades de adaptación al cambio climático. Asimismo, deben considerarse y potenciarse las sinergias positivas entre las políticas de conservación de la biodiversidad y las de mitigación y adaptación al cambio climático, pilares fundamentales en los que se basa la lucha global contra el cambio climático”. Sin duda alguna los grandes problemas ambientales globales (Biodiversidad y Cambio Climático) están claramente interconectados, y el cambio climático por causas antropogénicas es uno de los principales “enemigos” a vencer, tal cual como se ha alcanzado con el deterioro de la capa de ozono.

El sol proporciona la fuente más abundante de energía del planeta. Sin embargo, sólo una pequeña parte de la radiación solar que llega a la Tierra es convertida en energía útil. Las plantas capturan y convierten 1,3-1,6% de la energía solar que llega a la superficie de la Tierra, y un cuarto de esa energía es usada en metabolismo y mantenimiento, por lo que solo 1% es utilizada efectivamente en productividad primaria. Una parte de la energía solar no consumida por las plantas es la fructificada por la tecnología moderna de aprovechamiento de la energía solar a través de los conocidos paneles solares (Álvarez, 2011 y Blankenship, 2011). El viento y el agua son también energías “eternas” de la naturaleza, más la geotérmica. Hay que mirar hacia esas fuentes de energías limpias. Como lo hicieron en Marruecos que dependía del petróleo que importaba, y hoy cuenta con la granja solar más grande del mundo, situada a orillas del Sahara (proyecto Noor I), y ya están entrando en servicios las instalaciones del proyecto Noor II (Atalayar, 2022). Esta gran planta solar se va a centrar, totalmente, en energía renovable, con la combinación de la energía solar, hidráulica y eólica, Marruecos está produciendo más de la mitad de su energía de fuentes renovables desde el año 2020.

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Mi país, Venezuela, cuenta con esas condiciones. Sol y viento suficiente para crear centros generadores de energías neutras en carbono y así proteger la biodiversidad del planeta, incluyendo la nuestra, caminando hacia una transición energética explotando las fuentes energéticas de recursos limpios de carbono. Venezuela, por encontrarse en la zona intertropical, posee un clima cálido a lo largo del año, desde el nivel del mar hasta los 300 msnm. La temperatura media anual es mayor a 26 ºC con una diferencia entre el mes más cálido y más fresco que no excede los 5 ºC, abarca la mayor parte del territorio nacional. Un ejemplo de este clima son las ciudades localizadas en zonas áridas y semiáridas como Maracaibo, Punto Fijo, Coro; y ciudades ubicadas en zonas de los llanos como San Fernando de Apure, Barinas, Guanare y San Carlos. La verdad es que tenemos sol durante casi todo el año para aprovechar la energía solar y vientos con suficiente potencia para producir energía eólica. Venezuela es uno de los países de Latinoamérica con mayor potencial para generar energía solar de acuerdo con el mapa del Atlas Global de Energía Renovable (SueloSolar, 2014) pero la falta de políticas públicas y de inversión impiden que el sol sea una opción para mitigar la crisis eléctrica declarada desde 2009 en Venezuela.

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El planeta está siendo sacudido por más de 50 mil millones de toneladas de gases que causan el efecto invernadero; por eso el cambio climático, los eventos extremos, deslaves, las sequías, las olas de calor y la mayor intensidad de los huracanes que arrasan vidas humanas, animales, vegetación, viviendas y áreas de cultivos. En un Plan País para el porvenir de Venezuela, el tema de las energías alternas, como la fotovoltaica y la eólica, debe ser contemplado, a sabiendas de que somos poseedores de riquezas en fuentes de combustibles fósiles, como el gas, el petróleo y el carbón. Hay que pensar en el porvenir desde ya, lo hicimos con visión futurista cuando se emprendieron los proyectos de energía hidroeléctrica del Bajo Caroní: Macagua, Gurí, Caruachi, Tocoma (aun sin terminar), así como los complejos hidroeléctricos de Uribante-Caparo, Masparro y Santo Domingo, para generar energía limpia. He podido leer un magnífico libro escrito por Bill Gates (Gates, 2021), en el que se analizan las causas, consecuencias y posibles soluciones para frenar el calentamiento y así ahorrarnos los más inimaginables desastres que seguirá trayendo consigo el cambio climático.

El riesgo de que la Tierra pierda hasta 10% de la biodiversidad para 2050, que incluye ecosistemas, especies de fauna y flora, microrganismos y genes, es una de las más alarmantes conclusiones del estudio publicado el 19 de diciembre de 2022, en Science Advances, ya citado anteriormente (Strona G. and C. Bradshaw, 2022), en el que se precisa que “la pérdida media de biodiversidad podría llegar hasta 27% en 2100”, todo, según ese diagnóstico, como consecuencia del cambio del uso del suelo y los efectos del cambio climático. En ese estudio se predice que “las extinciones en cascada de especies son inevitables. El estudio se centra en las extinciones en cascada o coextinción. Cuando una especie se pierde directamente por una perturbación (extinción primaria), puede haber otra especie que sea depredadora de la primera que también desaparecerá porque se queda sin alimento (coextinción).

El equipo de Science Advances para llegar a esas predicciones diseño un modelo general de una gran Tierra virtual, constituida  por redes de especies interconectadas, vinculadas por quién come a quién (cadenas tróficas), y luego aplicaron modelos de cambios climáticos y de uso del suelo al sistema general para lograr proyecciones de futuro (algo para responder la clásica expresión “What If?” del inglés, que corresponde en español a ¿Qué pasaría si? o ¿Qué consecuencias tendría si?). Varias respuestas son posible de estos ejercicios de modelación, por ejemplo: (i) las especies virtuales también podrían volver a colonizar nuevas regiones al cambiar el clima, (ii) adaptarse en cierta medida a las condiciones cambiantes, (iii) extinguirse directamente a causa del cambio global o (iv) ser víctimas de una cascada de extinciones (coextinciones).

Temas como estos, que aquí abordo, son el contenido medular de mi nuevo libro: Venezuela, Politica y Ambiente, que presentaremos publicamente el proximo 9 de mayo en la ciudad de Madrid.

Por su parte, Jos Tickelll, en su excelente documental Besa el Suelo (González, 2021) actualmente exhibido en Netflix, muestra la opinión de expertos científicos y celebridades activistas sobre las formas en que los suelos pueden ser la clave para combatir el cambio climático y preservar el planeta, ya que constituye uno de los más importantes reservorios de carbono. La agricultura “moderna” caracterizada por el monocultivo, la aplicación excesiva de fertilizantes químicos y pesticidas, así como una excesiva mecanización en la preparación de tierras (practicas integradas en un sistema insostenible de agricultura) ha procurado una afectación importante de los suelos como sumideros de carbono; por el contrario, promueve la degradación de la materia orgánica y la emisión de GEI, y la destrucción de la extraordinaria biodiversidad microbiológica que allí ocurre. Su existencia no se debe a ninguna forma de gestión o planificación, sino más bien a la falta total de ella. En cambio, las infraestructuras que más valoramos, como nuestras ciudades, nuestras autopistas y nuestros conductos de Internet, están mucho mejor gestionadas. Para que vivamos bien y vivamos bien en el futuro, la cultura de la acumulación debe enfrentarse a nuestra ecología. Debemos aprender a utilizar los trozos del desguace, así́ como la fuerte y abundante memoria ecológica de la propia tierra, para construir algo parecido a lo que fue.